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Gilgamesh

Viaje al Bosque de Cedro – Capítulo 4

Gilgamesh y Enkidu viajaron al Monte Líbano y al Bosque de Cedro. Sus pasos y movimientos eran impresionantes en comparación con los de un humano normal: viajaban 50 leguas al día, y en tres días lograban avanzar un equivalente a 45 días a pie. Sin embargo, no todo fue caminar. Cada 20 leguas se tomaban una pausa para comer y recuperar energías, y a las 30 leguas, acampaban y descansaban.

En cada descanso aprovechaban para cavar un pequeño pozo y llenarlo de agua, tras lo cual Gilgamesh subía a una colina cercana para pedir un sueño que le enviara buenos presagios. Las preparaciones en el descanso no terminaban ahí. Enkidu establecía un pequeño campamento en lo alto de cada camino. En la entrada de su morada temporal, instalaba una robusta puerta para que el mal clima no perturbara su sueño.

Después, el hombre salvaje esparcía un círculo de harina alrededor del lugar donde su hermano descansaba, mientras él se echaba junto a la puerta. Gilgamesh dormía en posición sentada, con la cabeza sobre las rodillas. Algo que lo hacía muy humano era que dormía como los demás, era uno de los detalles en la que era diferente a los dioses. Sí, podía atravesar enormes extensiones de terreno en un tiempo récord, pero también se cansaba y precisaba descanso y comida. No te pierdas este capítulo de la tablilla IV de la serie de Gilgamesh.

Los 5 sueños de Gilgamesh

El sueño de Gilgamesh

Cada vez que hacían el ritual, Gilgamesh se despertaba hacia la medianoche y hablaba con su hermano. Le preguntaba si había pasado algún dios por el camino, si fue Enkidu quien lo había despertado, Gilgamesh se despertaba asustado con mucho frío. Y cada vez que el rey le contaba sus sueños, el temor era aún más grande, Enkidu sabía cómo consolar a su amigo. Le decía qué significaban sus sueños, qué era lo que representaba cada cosa… Y siempre procuraba que la interpretación fuera positiva para Gilgamesh. Repitieron este proceso cinco veces antes de llegar al Bosque de Cedro y enfrentarse a Humbaba. Por supuesto, el rey de Uruk describió sus sueños con todo detalle.

Primer sueño

Su primer sueño era bastante sencillo: Gilgamesh estaba en el valle de una montaña que no conocía. Una de las montañas decidió perseguir al rey hasta caer sobre él y aplastarlo. Al despertar, el rey se sintió muy confuso por su sueño, pero Enkidu sabía cómo calmarlo.

Le dijo a Gilgamesh que esa montaña no podía ser Humbaba: antes bien, aplastarían a la bestia que protegía el Bosque de Cedro como la montaña había hecho con Gilgamesh, y Utu (Shamash) lo mostraría con una señal favorable a la mañana siguiente.

Segundo sueño

En el segundo sueño del rey de Uruk aparecía otra montaña. En esta ocasión, la montaña era aún más activa, pues tiraba al poderoso rey al suelo y lo inmovilizaba cogiéndole por los pies. Gilgamesh tuvo que soportar estar paralizado y ver como un intenso brillo emanaba desde las alturas, donde cada vez se hacía más fuerte. Pero entonces, un hombre se le aparecía al rey de Uruk. Gilgamesh lo describió como el más hermoso y atractivo que jamás había visto. El bello desconocido rescató al rey de las garras de la montaña, sacó una cantimplora y dejó que el monarca bebiera hasta calmarse un poco.

El hombre levantó al rey y lo puso en pie, tras lo cual, Gilgamesh despertó. Por supuesto, Enkidu tenía una interpretación optimista para el sueño. De nuevo, insistió en que Humbaba no era esa montaña, pues la bestia era de una naturaleza diferente. Aseguró a Gilgamesh que vencerían, y le pidió que no temiera al monstruo, sino que dejara su miedo a un lado y prosiguiera con la misión.

Debido a la falta de información, no sabemos quién era el hombre de la cantimplora en el sueño, pero es muy probable que se trate de una representación de Utu.

Tablilla deteriorada

Tercer sueño

El tercer sueño le resultó una auténtica locura a Gilgamesh. La naturaleza estallaba de rabia. Los cielos aullaban con intensidad y la tierra se estremecía con dantescos terremotos. La luz cedía poco a poco ante la poderosa oscuridad, pero dicha oscuridad no fue nada comparada con el enorme destello de luz que vino a continuación. Se produjo un incendio cuyas llamas eran colosales, llegando hasta el cielo.

Según Gilgamesh, empezó a llover muerte, y las llamas empezaron a convertirse en cenizas muertas. Enkidu volvió a hablar a su hermano con voz tranquilizante: le dijo que derrotarían a Humbaba muy pronto, y que eso era lo que representaba el fuego que se convertía en ceniza. La intensidad de los sueños era la prueba de que se acercaban al hogar de Humbaba, el Bosque de Cedro y, por lo tanto, también se aproximaba la batalla de la que empezaba a temer el rey de Uruk.

Cuarto sueño

El cuarto sueño fue un poco más directo. Gilgamesh dijo haber soñado con un poderoso pájaro de trueno. La descripción que dio del mismo se parece a la de muchas otras bestias que pueblan las mitologías del mundo antiguo: volaba por encima de las nubes mientras se cernía amenazando al rey. Su cara aparentaba estar deformada, de modo que no se parecía a nada que Gilgamesh hubiera visto antes.

Tal como haría un dragón, el pájaro de trueno escupía fuego y su aliento tenía el efluvio del veneno. Pero en ese sueño había algo más aparte de Gilgamesh y el pájaro de trueno. Un hombre misterioso hizo acto de aparición, cargó contra el pájaro y lo derrotó sin esfuerzo. A continuación, el hombre cogió al rey del brazo y lo llevó hasta un lugar seguro. Enkidu sabía lo que esto significaba, al igual que había ocurrido con los tres sueños previos.

Ese pájaro era sin duda Humbaba. Su poder se representaba con más fuerza (fuego, aliento venenoso, alas, sonidos estruendosos). El hombre que había logrado vencer a la bestia era Utu, el dios del sol. Enkidu confiaba en que los dioses concederían su apoyo para dar muerte a Humbaba, y eso fue lo que le dijo a Gilgamesh: atarían las alas de la bestia, haciéndola caer al suelo; allí le cortarían la cabeza, la cual traerían de vuelta a Uruk. Y harían todo esto con la plena ayuda del dios del sol.

Quinto sueño

El quinto sueño ofrecía una representación un tanto más realista de la situación. De nuevo, Gilgamesh se enfrentaba a una bestia, y vuelve a aparecer un hombre misterioso que se convertía en su salvador. Pero en esta ocasión la bestia era un toro salvaje. Sus pezuñas pisoteaban el suelo con tanta fuerza que se formaban columnas de polvo que alcanzaban el cielo. Gilgamesh habría perdido si no fuera porque un inesperado salvador lo alejaba del peligro y le daba agua de su cantimplora.

En esta ocasión, Enkidu dio una explicación un tanto diferente para interpretar el sueño. El toro no era Humbaba, sino Utu, que proporcionaba su ayuda. El hombre que le daba agua al rey era su padre, el antiguo Rey Lugalbanda. Para Enkidu, esta era la confirmación de que su hermano y él recibirían todo el apoyo del mundo para derrotar a Humbaba y hacerse con el control del Bosque de Cedro. Los cinco sueños consecutivos eran buenos presagios, y Enkidu estaba convencido: Gilgamesh daría muerte a Humbaba y regresaría a Uruk convertido en leyenda.

Llegan al Bosque de Cedro

Bosque de Cedro

Al fin llegaron al territorio del Bosque de Cedro. A Gilgamesh se le habían congelado los pies y empezó a llorar. Cuando su hermano se dio cuenta, intentó consolarlo recordándole de dónde procedía y qué ciudad dependía de él. Le apremió a ponerse en pie y seguir adelante, pues la terrible bestia Humbaba los aguardaba. Sin embargo, antes de entrar en combate recibieron un mensaje de Utu. El dios sol observó a los dos hermanos y les advirtió que debían darse prisa.

Humbaba aún no había entrado en el bosque, pero si lo hacía, sería imposible derrotarlo. Gilgamesh y Enkidu aprendieron que la bestia contaba con siete capas que actuaban de escudos. Humbaba solo llevaba una en ese momento, pero en el momento en que entrara en el bosque, portaría las otras seis. Humbaba rugió en la distancia con un aullido que hizo temblar de terror a los mismos cielos. Enkidu sintió ese miedo, y buscó ánimos en el mismo Gilgamesh al que había reconfortado apenas unos segundos atrás.

El discurso de Gilgamesh

Gilgamesh

El rey le devolvió el favor y le dijo a su hermano que no retrocediera ante la imponente bestia. Le recordó que habían atravesado cientos de leguas en terreno tanto llano como montañoso para llegar a ese lugar y aprovechar la ventaja que les confería ese preciso momento. Y también le recordó a Enkidu que había sido criado por la naturaleza, que había cazado bestias salvajes con sus propias manos, y que tenía una fuerza inmensa y un deseo de vivir inquebrantable.

Debían centrarse en el combate y olvidarse de la muerte, ese fue el punto esencial del discurso de Gilgamesh. Como guinda, el sabio rey le recordó a Enkidu que tenía la obligación de proteger a su hermano, situarse al frente y atacar la garganta de Humbaba, a la par que mantenía a Gilgamesh a salvo y los llevaba a ambos a la gloria eterna. Los dos hermanos se cogieron entonces de la mano y se adentraron en el bosque, poniendo fin a su charla y preparándose para el combate.

Gilgamesh y Enkidu también vieron