Saltar al contenido
Gilgamesh

Inanna y el Toro del Cielo – Capítulo 6

Tras la monumental victoria contra Humbaba, Gilgamesh y Enkidu regresan a Uruk. El rey encontró un pequeño momento de intimidad, procedió a lavarse el cabello y a desvestirse. Limpió su cuerpo, sus armas y todo su equipamiento. Un rato después, alisó su largo pelo y se puso una indumentaria digna de la realeza: varios mantos, un hermoso cinto y su corona. Gilgamesh vestía con toda la gloria propia de un rey. Incluso una de las diosas se fijó en lo espectacular y majestuoso que lucía el héroe.

La bella y poderosa Inanna (Ishtar), divinidad del amor y de la prostitución sagrada, observó al rey mientras se lavaba, el cuerpo de la diosa empezó a desear lo que veía. Descendió a la tierra y no dudo en hablar con el héroe. Sin perder tiempo, le pidió que se casara con ella y se convirtiera en su cónyuge para que Inanna pudiera recibir su fruto. Como esposa, la diosa cubriría a Gilgamesh de regalos. Le daría un enorme carro hecho con oro y lapislázuli, con ruedas doradas y cuernos ambarinos.

Tendría un grupo de espectaculares bestias, incluyendo leones y mulas gigantes, conduciría el carro, y llevarían cada día a Gilgamesh a su palacio con aroma a cedro. Tanto las puertas como los escabeles besarían sus majestuosos pies, y los demás gobernantes, cortesanos y nobles se postrarían ante él. Como tributo, los nobles le regalarían parte de su producción cada día. Y aún había más.

Inanna también le prometió a Gilgamesh cabras que darían luz a trillizos, ovejas que engendrarían gemelos, burros capaces de correr más que el más veloz de los caballos y los bueyes, más voluminosos que cualquier ganadero hubiese visto. Pero Gilgamesh no quedó impresionado. Lo que vino a continuación fue uno de sus discursos más largos hasta este punto, y uno de los rechazos más sonados del mundo antiguo. Disfruta de la historia de la tablilla VI de la serie del Poema de Gilgamesh.

El rechazo de Gilgamesh

Gilgamesh Wallpaper

Gilgamesh le hizo a Inanna una serie de preguntas importantes. ¿De dónde obtendría ropa para él, y cómo cuidaría de su cuerpo? ¿Comería en realidad lo mismo que los dioses? ¿Bebería cerveza digna de un rey? Procedió a comparar a la poderosa diosa con toda una lista de insultos aristocráticos.

Para él, Inanna era una enorme puerta que no mantendría calor ni fresco en su casa, un palacio en el que los guerreros se marchitaban, un elefante que pisoteaba a sus jinetes, un betún que manchaba las manos de quien lo usara; una cantimplora que no saciaba a los sedientos, una piedra caliza que debilitaba los muros en vez de reforzarlos, un ariete que nivelaba las murallas enemigas y, por último, un zapato que mordería el pie de quien se lo pusiera.

Dada su reputación, se preguntó qué guerrero en su sano juicio aceptaría convertirse en el consorte de Inanna. Era algo que había que tener muy en cuenta, lo cual Gilgamesh dejó claro a Inanna su postura.

Los amantes de Inanna

Dumuzi

Enumerando a los amantes de Inanna en orden cronológico. Mencionó a Dumuzi (Tammuz), un legendario amante de la diosa. Ambos estaban tan enamorados que existía toda una tradición basada en su amor y su matrimonio, recuerda que ya te hablé del famoso mito del «Rito del Matrimonio Sagrado». Sin embargo, a Inanna le bastó con cambiar de opinión, y un día el pobre Dumuzi despertó en el inframundo, este dato sale en el mito del «Descenso de Inanna».

Allallu

Su próximo amante fue Allallu, un pájaro moteado. Allallu era lo que más le importaba a la diosa… Hasta que, sin más, dejó de ser importante. Le rompió las alas y lo arrojó al suelo, donde quedó tendido mientras lloraba: “¡Mis alas! ¡Oh, mis alas!”.

León

Su tercer amante fue un león, aún más hermoso y fuerte que el pájaro. Fue también un gran amor para Inanna, pero en cierto momento la diosa cavó catorce pozos en los que abandonó al león.

Caballo

Su cuarto amante fue un caballo. Inanna lo puso a tirar de carros, obligado a soportar latigazos, golpes, espuelas, y galopadas de siete leguas. También le obligó a beber agua sucia, lo que hizo llorar para toda la eternidad a Silili, su madre.

Pastor

El quinto amante de Inanna fue un pastor. Un simple hombre que, un día tras otro, se vio obligado a darle pan recién hecho y corderos recién sacrificados. Pero la vanidosa Inanna no estaba satisfecha, y el pastor se vio convertido en nada menos que su peor enemigo: un lobo. Y así, nunca pudo volver a acercarse a sus rebaños, que huían despavoridos al verlo mientras los perros pastores le mordían la piel.

Ishullanu

Y al final, el sexto y último amante fue Ishullanu, el jardinero de su divino padre An (Anu). Ishullanu le traía dátiles cada día, e Inanna le pedía con términos muy claros, que le dejara probar su pene mientras él le tocaba su sensible clítoris. Pero Ishullanu, al contrario que los demás, intentó rechazarla. Riñó a la diosa por la cantidad de comida que consumía y el mantenimiento que exigía. El pobre jardinero sabía que ser el amante de Inanna implicaría comer pan horneado con insultos y humillaciones, así como dormir en invierno sin apenas mantas. Inanna, caprichosa como siempre, convirtió al jardinero en un sapo, dejándole incapaz de atender sus tareas.

Las plegarias de Inanna

Inanna y Toro del Cielo

Gilgamesh no era un necio: no se convertiría en la séptima estadística de la diosa del amor. Como es previsible, Inanna no se tomó todo esto muy bien. Su ira la impulsó de inmediato a los cielos, donde habló con An y Nammu (Antu), los padres de la diosa (esto según el poema babilónico). Derramó lágrimas de cocodrilo y alegó que Gilgamesh se había burlado de ella, que le había insultado y le hizo sentirse miserable aun estando enamorada de él.

An, que era muy consciente de los trucos de su hija, le preguntó si acaso había hecho algo para provocar esa reacción en el rey semidiós. Inanna quería el Toro del Cielo para traerlo al mundo terrenal y aplastar a Gilgamesh hasta que nada quedara de él. Si su padre no cumplía con su deseo, Inanna juraría abrir las puertas del inframundo para que los muertos regresaran con los vivos, a los cuales superarían en número hasta que el caos reinara en el mundo humano.

No obstante, An, no cedió. Afirmó que los habitantes de Uruk debían, en primer lugar, acumular paja y heno suficiente para alimentarse durante siete años, pues el Toro destruiría sus cosechas al descender y los haría morir de hambre. Inanna dijo que ya se había encargado de ello, es de esa forma como su padre le entregó al fin el Toro del Cielo.

El poderoso Toro del Cielo

La diosa del amor ató al animal, sujetó la cuerda con el anillo de su nariz y descendió a la ciudad sumeria. El Toro era una bestia magnífica y colosal; quizá aún más que Humbaba. Con tan solo caminar creaba cañaverales y ciénagas donde destruía bosques. Cuando cruzó el río, el agua llegó a desbordarse hasta siete codos. Sus bufidos eran en especial muy peligrosos: el primero creó una enorme grieta en el suelo y mató a un centenar de hombres. El segundo acabó con doscientos más.

Al final, el tercero logró alcanzar a Enkidu hasta la cintura. Pero el hermano del héroe, que no era como los demás hombres, saltó y agarró al imponente animal por los cuernos. El toro le escupió a Enkidu en el rostro y le golpeó con la cola, demostrando ser todo un reto para el antiguo hombre salvaje. Gilgamesh andaba cerca, así que Enkidu habló con él. Le dijo que acababa de darse cuenta de lo poderosa que era aquella bestia, pero que tenía un plan para derrotarlo.

Gilgamesh y Enkidu vs Toro del Cielo

La táctica era simple y letal: se colocó detrás del Toro, le agarró la cola y situó su pie sobre el muslo superior del animal. Sin perder un segundo, Gilgamesh desenvainó una daga y la clavó en el cuello del Toro mientras lo agarraba por los cuernos. El plan de Inanna quedó desbaratado cuando el Toro mordió el polvo, pero los guerreros aún no habían acabado con él.

Lo abrieron por la mitad, le sacaron el corazón y lo ofrecieron como sacrificio a Utu (Shamash), el dios sol. Tras hacerlo, se sentaron y observaron al animal que yacía muerto ante ellos, disfrutando de su triunfo. Inanna estaba muy furiosa. Sentada en la enorme muralla de Uruk, lloró y se lamentó de que Gilgamesh y Enkidu, hubieran dado muerte al poderoso «Toro Celeste». Al oírla, Enkidu se burló de Inanna arrancando una pata del Toro y arrojándosela.

En palabras claras, le dijo a la diosa que su propia pierna habría acabado así si hubiera decidido atacarles en persona, y que sus brazos habrían estado envueltos en los intestinos del Toro. Derrotada, Inanna convocó a sus cortesanas, rameras y prostitutas para realizar un ritual de luto por el muslo del Toro. Gilgamesh, por su parte, decidió seguir aprovechándose de la situación.

Un final inesperado

Convocó a los herreros y artesanos disponibles en Uruk, y estos observaron asombrados al cadáver del animal, sobre todo sus cuernos. Eran gruesos, grandes y compuestos de lapislázuli. Podrían albergar enormes cantidades de aceite. El rey decidió cortarlos e instalarlos en la cámara del rey Lugalbanda, su difunto padre. La cámara necesitaba un lugar en el que guardar el aceite de unción, y aquellos cuernos eran el recipiente perfecto. Una vez terminada la batalla, era momento de celebración. Tras lavarse sus ensangrentadas manos en el gran río Éufrates, Gilgamesh y Enkidu regresaron a la ciudad y decidieron lucirse ante el público.

Al llegar a su palacio, el rey de Uruk se dirigió con orgullo a sus sirvientas. Les preguntó quiénes eran los más bellos y poderosos héroes. Lógicamente, respondieron que eran él y su hermano Enkidu, lo cual fue razón suficiente para organizar un banquete. Al concluir la inmensa celebración, Enkidu y Gilgamesh se fueron a dormir para descansar tras un largo día de batalla. Pero algo estaba fuera de lugar. Enkidu tuvo un sueño muy particular. Preocupado, decidió salir de la cama y contarle a su hermano lo que había soñado.

Inanna y el Toro del cielo también vieron