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Gilgamesh

Siduri y Ziusudra (Utnapishtim) – Capítulo 10

Siduri

El capítulo de hoy es la historia de la tablilla X de la serie Gilgamesh donde conoceremos a Siduri y a Ziusudra, dos personajes claves en el camino de nuestro héroe. En los confines del mundo humano, más allá del glorioso bosque de gemas preciosas, yacía una taberna, allí había una diosa llamada Siduri que se encargaba de cuidar el lugar. La posada daba a un mar en el que Siduri rellenaba sus ollas y tinas hechas de oro, forradas con pieles y mantos. La tabernera vio a Gilgamesh acercándose. Presintió que el hombre tenía atributos divinos, pero también que su corazón estaba afligido por la tristeza.

Las pieles de animal y su aspecto horripilante estremecieron a la diosa. Lo tomó al principio por un cazador de animales salvajes y se preguntó cómo debía dirigirse a él. Su decisión fue tan sencilla como instintiva: cerraría puertas y verjas, subiría al tejado y se quedaría allí para protegerse. Pero Gilgamesh oyó la conmoción. Alzó la cabeza y vio a la diosa en el tejado de su propia posada. Al principio le preguntó por qué se había molestado en cerrar las puertas y subir al tejado, y, a continuación, profirió una amenaza muy directa: o abría las puertas por su voluntad, o Gilgamesh las forzaría e iría a por ella.

Siduri la tabernera

Siduri la tabernera

Aún asustada, Siduri le dijo a Gilgamesh que le tenía miedo y por eso había actuado así. Pero, aun así, sentía curiosidad por él, pues muy poca gente visitaba el lugar. Le preguntó a Gilgamesh quién era y por qué realizaba aquel viaje. De inmediato, el rey de Uruk le habló de su vida y de Enkidu: su primera pelea y la hermandad que vino a continuación, las montañas que escalaron y las millas que recorrieron juntos, la muerte de Humbaba en el Bosque de Cedro, los leones que masacraron en las montañas antes y después de matar al ogro del bosque, y su victoria ante el Toro del Cielo. Pero Siduri no quedó impresionada.

Le preguntó a Gilgamesh cómo podía tener aquel aspecto si en realidad era quien decía ser, si de verdad había completado todas aquellas hazañas y, de algún modo, había llegado a su inalcanzable morada. Quería saber por qué sus pómulos estaban hundidos, por qué su rostro parecía huraño y demacrado, por qué estaba de tan miserable humor, y por qué su aspecto parecía tan castigado y su alma emanaba tanta tristeza. También le preguntó por su piel castigada por el sol y la escarcha. Quería saber por qué un rey del esplendor de Gilgamesh vestiría pieles de animal y vagabundería por la naturaleza.

Apenas capaz de contener su tristeza, Gilgamesh respondió. Sostuvo que tenía muy buenas razones para lucir tan desarrapado y vencido, lleno de cicatrices de batalla y de viajes por la naturaleza, y con un aspecto tan huraño y desnutrido. Esta vez, habló de Enkidu de forma diferente. Una vez más, enumeró los epítetos del más fuerte, rápido, salvaje y libre de todos los animales de la naturaleza, admitiendo que lo quería como a su verdadero hermano.

Miedo a la muerte

Pero incluso ese Enkidu, bendecido con una fuerza y un esplendor capaces de rivalizar con el propio Gilgamesh, se encontró con su destino como cualquier hombre corriente. Fue en este punto cuando Siduri supo que Gilgamesh había llorado la muerte de su amigo durante seis días y siete noches en los que se negó a enterrarlo e incluso a admitir que estaba muerto. Pero acabó convencido cuando una larva salió de la nariz de su hermano.

En ese momento, la aflicción que sentía por su compañero se mezcló con un sentimiento muy humano: el miedo a la muerte. No quería morir. No quería convertirse en arcilla como su querido hermano Enkidu. Así que optó por vagar por el mundo, en busca de una forma de evitar la muerte a cualquier precio. Y aquella era la razón de su aspecto.

Gilgamesh le exigió a Siduri que revelara dónde se encontraba Ziusudra (Utnapishtim o Atrahasis), el hombre inmortal. Su ultimátum fue sencillo: dime dónde está el hombre al que busco para que pueda cruzar el océano hasta encontrarlo, o seguiré vagando por el mundo hasta el día en que muera. Siduri intentó hacer entrar en razón al rey. Ese océano, según dijo, era tan extenso que nadie salvo Utu (Shamash) podría cruzarlo.

Mencionó, además, que la extensión del océano era tan solo uno de los obstáculos. A medio camino se encontraban las Aguas de la Muerte, donde una sola gota podría matar a un humano al instante. Pero dado que Gilgamesh decidido encontrar a Ziusudra, Siduri le habló de Urshanabi, el barquero del hombre inmortal. Urshanabi vivía en un bosque cercano, donde cortaba y almacenaba pinos. Pero no estaba solo.

Urshanabi y los Hombres de Piedra

Gilgamesh y los Hombres de Piedra

Convivía con los misteriosos Hombres de Piedra, a quienes las Aguas de la Muerte no afectaban, y quienes podrían mantenerle a salvo de ellas. Si Urshanabi aceptaba, llevaría a Gilgamesh ante Ziusudra. Si no, Gilgamesh podría hacer lo que quisiera y regresar a su tierra. No obstante, el rey de Uruk tenía otro plan en mente. Cuando consiguió acercarse con sigilo a Urshanabi y sus Hombres de Piedra, sacó su hacha y, con un alarido desgarrador, arremetió contra una multitud de Hombres de Piedra.

Sorprendido, Urshanabi empuñó su arma, pero Gilgamesh logró acabar con cada uno de los Hombres de Piedra, dejando tan solo a dos en pie. Nuestro héroe, enfurecido y rebosante de adrenalina, arrojó sus cuerpos al agua. Cuando regresó, se enfrentó al barquero, que miraba fijamente al enloquecido hombre. Urshanabi se presentó. Era el sirviente de Ziusudra; a continuación, le pidió a su oponente que le devolviera el favor y dijera su nombre. Gilgamesh explicó quién era y de dónde venía, así como los acontecimientos que le habían llevado hasta allí con aquel aspecto.

De forma similar a lo que Siduri había dicho, Urshanabi también mencionó que Gilgamesh parecía afligido y castigado por el clima. La misma conversación que tuvo con Siduri, se repitió más o menos igual: Gilgamesh habló de Enkidu, de sus logros y su muerte, su propio duelo, sus andanzas, su propósito y su exigencia. Sin embargo, Urshanabi conservó la calma. Con mucha tristeza, informó al rey errante de que acababa de matar y hundir, sus posibilidades de atravesar el océano.

Las Aguas de la Muerte

Gilgamesh y las Aguas de la Muerte

Lamentándose por los pinos que aún quedaban por cortar, Urshanabi le propuso otro plan a Gilgamesh. El rey de Uruk regresaría al bosque y talaría al menos trescientos mástiles de navegación, cada uno de cinco varas de largo más un mango. Gilgamesh obedeció y le trajo los mástiles al barquero. Lo que vino a continuación fue el largo y deprimente viaje de ambos hombres a través del enorme océano. Igual que en sus viajes con Enkidu, Gilgamesh consiguió cruzar en tres días lo que la mayoría de la gente habría tardado mes y medio en hacer, pues Urshanabi tampoco era un barquero ordinario.

Llegaron a las Aguas de la Muerte. Urshanabi le pidió a Gilgamesh que cogiera uno de los mástiles y empujara al barco hacia adelante, utilizándolo más o menos como un remo. Pero debía dejarlo sobre el agua y repetir el proceso con el siguiente mástil, pues el más ligero contacto con el agua mataría a Gilgamesh en el acto. Así pues, Gilgamesh colocó el segundo mástil, el tercero, los siete siguientes y otros diez a continuación, hasta que había recorrido 120 estadios de agua y se quedó sin mástiles.

Entonces, Urshanabi y Gilgamesh se desvistieron, y el rey utilizó la ropa como velas improvisadas, sosteniéndolas con sus brazos y dejando que el viento hiciera su trabajo. Ziusudra observaba el barco desde la costa. Murmuró para sí mismo que no podía ver a los Hombres de Piedra, pero sin embargo había dos hombres en el barco, y a uno de ellos no lo conocía de nada. Al llegar a la orilla, Gilgamesh se acercó a Ziusudra y le preguntó si era el hombre que se había unido a los dioses y había alcanzado la vida eterna tras el poderoso Diluvio.

Ziusudra

Ziusudra (Utnapishtim o Atrahasis)

Y de nuevo, la conversación que Gilgamesh que había mantenido con Siduri y Urshanabi se repitió. El hombre inmortal se fijó en el aspecto de Gilgamesh, quien procedió a hablarle de la muerte de su amigo, para después explicarle su misión de buscar la inmortalidad. Sin embargo, en esta conversación hubo algo más. Gilgamesh le dijo a Ziusudra que lo buscaba a él en especial. Que había recorrido extensas tierras, numerosas montañas y océanos peligrosos, incluyendo los que le habían llevado directo a él.

Que durante su viaje apenas había tenido tiempo para dormir y que su cuerpo, privado de sueño, estaba inundado de tristeza hasta la médula. Explicó que el atuendo que llevaba se había roto antes incluso de llegar a la posada de Siduri. Se había vestido con las pieles de los mismos animales con los que se había alimentado, y no eran solo leones: también osos, cabras, hienas, ciervos, panteras, guepardos y otros animales habían “donado” las vestiduras que ahora mostraba ante Ziusudra.

Dejó claro que estaba harto de su propia tristeza, harto de sentirse miserable; que quería poner fin a aquellos sentimientos y disfrutar de su posible vida eterna como un hombre feliz. Todo esto le resultó absurdo a Ziusudra. Le preguntó a Gilgamesh si eran los dioses quienes le habían creado. Al hombre inmortal le resultaba un misterio que un rey pudiera sentir tanto pesar. Le pidió a Gilgamesh que comparara su vida con la de un necio.

Lección de humildad

Él había nacido en la realeza, había sido puesto en el trono para gobernar a quienes estaban por debajo de él. Por otra parte, un necio jamás obtendría nada valioso de los dioses. Gilgamesh había recibido mantequilla, la mejor harina, las mejores vestiduras sostenidas por el mejor de los cinturones, y además, rodeado de consejeros y sabios para que pudieran ayudarlo con sus tareas. Un necio, en cambio, debía contentarse con sobras de levadura, avena y molienda rancia, vestiduras rotas y nada más que una cuerda para sostenerlas, por no mencionar que sería ridículo pensar que un necio pudiese contratar a consejeros.

Lo que Ziusudra dijo a continuación está demasiado fragmentado como para entenderlo, pero tiene algo que ver con el dios de la luna, el necio, los templos de los dioses y sus servidores, y alguna especie de regalo.

Tablilla X deteriorada

No obstante, lo que dijo después quedó claro como el agua: Enkidu había muerto, sin duda, pero era Gilgamesh quien había perdido el tiempo. Con su aspecto triste, patético y vencido, no había conseguido sino acercarse un paso más a la muerte. La vida del hombre es corta, dijo el inmortal; se corta en un instante como un junco en una laguna. Hombres y mujeres jóvenes y saludables mueren muy rápido cuando a veces están aún en la flor de la vida.

¿Alguien ha visto la muerte?

Muerte de Humbaba

Nadie ha visto a la muerte y nadie la verá. Ni siquiera podía oírse a la muerte o describirla. Aun así, la muerte acababa con los humanos con terrible facilidad. Para guardarse de ella, la humanidad construía refugios, se disputaba herencias, emprendía guerras y, pese a todo, la muerte acababa llegando. Así pues, la muerte llegaría al final como un imponente río. Y cuando ese río se secara, no quedaría nada más que tierra y arcilla.

Ziusudra comparó a los muertos con raptados, aunque existía una importante diferencia entre ambos grupos. Un hombre secuestrado tenía una posibilidad de regresar. Un muerto jamás la tendría. Nadie volvía de la muerte para contar su historia, y así había sido durante siglos. Tras crear el mundo, los hijos de An (Anu) habían convocado una asamblea. A dicha asamblea se unió Ninhursag (Aruru), la madre Diosa, y discutieron cómo funcionarían los seres humanos.

Fue entonces, según dijo Ziusudra, cuando se estableció la vida y la muerte para los humanos. Lo que no hicieron, como sabían todos, fue establecer un tiempo de vida determinado para los humanos. No había un número ni una fecha exacta: los humanos nunca sabrían cuándo morirían.

Siduri y Ziusudra también vieron